29 diciembre, 2016

El primer día del resto de nuestras vidas

Voy recogiendo, voy cerrando mis libros, abiertos en viejos episodios señalados con delicados marcapáginas de diseño, voy rehaciendo el hato, guardando los bártulos que me acompañaron en tantas batallas ganadas, en guerras perdidas, en escaramuzas impresionantes, en simples misiones fallidas de reconocimiento y en hazañas inolvidables. Al fondo un anciano me mira mientras deshoja una margarita titubeante, de esas que hasta el final no saben si decirte que sí o que no, porque hasta el último momento leen tu corazón esperando a su último halo de vida para decidirse.

Una vez termino, echo una melancólica vista atrás, anhelando cuando llegué, buscando en mis recuerdos ese momento, un olor, un sonido, y sólo encuentro una vieja fotografía paliducha y con solera, con esa pátina que los años siempre impregnan en nuestros recuerdos. Ya no me reconozco en ellos, y ni siquiera reconozco a nadie. El anciano me observa derrotado, la margarita hace minutos que dictó sentencia, dos letras que bien colocadas pueden ser puñaladas. Un sí o un no, que matan, un 'is' o un 'on', que no significan nada, de ahí la importancia del orden en nuestras vidas, que un simple cambio de genes, de cromosomas, hubiera hecho otras, que hubiera hecho de nosotros seres irreconocibles extraterrestres.



Salgo y cierro cuidadosamente, cierro una cancela y con ella un capítulo de mi vida, un episodio intermedio de una novela aún sin terminar, pero que se va escribiendo inexorablemente. Un viejo gato me mira y se ríe a carcajada limpia, cruza despreocupado y es atropellado por un ciclista. Milagrosamente el gato salva la vida, quizá una de las últimas ya, porque ellos saben que pueden ir gastándolas sin temor hasta la quinta, pero que luego las dos finales deben disfrutarlas como si fueran la última, sin saber ellos mismos, por su falta de rigor matemático que la séptima realmente sí lo es. El ciclista prosigue su camino, conduciendo su coche de alta gama, un simple gato piensa, que le habrá manchado un poco la carrocería, y me extiende un brazo acabado en un puño con ese pulgar hacia arriba cual emperador romano. Qué querrá decir...

Como me invade la tristeza y soy humano, vuelvo atrás la vista hacia esa vieja y destartalada casa, carne de demolición, y me derrumbo, y un qué le pasa joven me ataca por la espalda. Nada, digo, es la vida la que me ha atropellado como a ese gato, es la vida la que me pasa, por encima. A todos nos pasa la vida, el truco está en pasar nosotros primero, me dice... y para mí pienso que está loco, y que todos los viejos siempre quieren tener la frase perfecta, el aforismo ideal para cada momento, que debería publicarlo la Muy Interesante en su lista de frases célebres... Seguro que la ha copiado, los abuelos tienen mucho tiempo libre, pienso, y esbozo una pequeña onomatopeya indescifrable, y le digo un "ciao" que seguramente ni habrá entendido, pensando yo que un viejo no puede haber sido un filólogo itálico de joven, quién sabe. Porque los jóvenes siempre pensamos que un viejo no es más que eso, un final, pero equivocados estamos en grado sumo...

Ando por la calle como perro sin cabeza, o como un pollo sin ella, que todos seguramente tendrán una pinta similar, sin ojos para ver, ni lengua, ni voz, ni oído, deambulando cuerpos con patas, sin saber a dónde van, sin saber siquiera que existen, porque sin cerebro no sabes que eres nada, preguntadle a Sócrates, el típico filósofo que siempre pide cartas nuevas en el póker, chiste malo donde los haya. No, no puedo más, no doy para más, pues como ellos voy sin cabeza, pues me martillea constantemente el pasado, lo que pudo ser, y me aprieta los tornillos como a un vulgar monstruo de Frankestein. Pido un taxi, y lo recibo enseguida... no sé a dónde voy, ni de dónde vengo. Calle Amargura, 23, por favor, son 10 euros, ha llegado usted, ¿cómo puede ser? Pues será, en la puerta estamos... Sin arrancar siquiera el taxi me ha desplumado, caminando, caminando como pollo descabezado he llegado a mi nuevo barrio.

La puerta de la calle es fría, impersonal, las escaleras tristes, el ascensor lúgubre, la puerta de mi hogar desvencijada, mis nuevos sillones son de otro, la cocina parece de otro, mi habitación es de otro, todos realmente recién comprados, pero son de otro, otras vidas podrían vivir aquí sin problema, y todos ellos les servirían igual, pues son simples esbirros, maquiavélicos mercenarios que un buen día te hacen creer que les tienes aprecio, y que te aferrarías a ellos como si fuera lo último que fueras a hacer... sí, no podemos tener tanto apego a las cosas, y lo digo yo mientras cambio de domicilio llorando por la pérdida del anterior, mientras uno nuevo e impecable me recibe con los ojos abiertos, mientras miro a mi alrededor y no reconozco nada, no me reconozco a mí mismo, mientras en el lugar más nuevo y más acogedor de la Tierra todo se desmorona a mi alrededor.

Tocan la puerta, quién será... Hola, soy la Mirinda, la vecina de al lado, 96 años me contemplan, lista fui, ahora el Alzheimer comienza a hacer sus estragos, fui rápida, ahora me muevo con un andador, fui alta, ahora apenas levanto un palmo, fui guapa, ahora... ahora salta a la vista de quien pueda ver, porque a mí me queda lo justo... Hola Mirinda, yo soy el escritor que te da vida en mis pensamientos. ¿Qué? Ah, perdona hijo, es que de oído me queda lo justo, pero olfato sí que tengo, aunque también el justo, pues antaño fui probadora de perfumes, catadora de vino y rosas, y ahora no sé diferenciar el olor del tabaco de uno de esos canutos de hachís, moderna ella y conocedora de los tipos de droga más usados. Aquí me tienes para lo que necesites, aunque sólo sea para darte cuenta de que con 42 años tienes toda la vida por delante...



La vieja se vuelve a su piso, tercero C, una puerta novísima para una inquilina decrépita y casi centenaria que con su llegada me ha revuelto las entrañas y amenaza con tambalear mi propia depresión con su sinceridad cruda y epifánica. A mi alrededor todo es tan sincero como debiera verlo, pero no veo más que hipocresía... todo el piso es igual, pero... ¿y si la vieja tiene razón? ¿Y sí sólo es cuestión de comenzar de nuevo, de retomar mi vida justo donde ahora mismo estoy, no donde la dejé... ¿Y si realmente me quedara toda la vida por delante? ¿Y si no fuera un simple chocheo de una exdirectiva de una famosa empresa francesa que pasa sus últimos años en un precioso apartamento del centro?

Me dirijo al baño bastante traumatizado, traspuesto por la visita que me ha removido algo por dentro, meo fijándome en el chorro como si fuera una obra de arte, y pienso en los que apenas pueden hacerlo por sus abombadas próstatas, y sonrío feliz mientras me guardo en los pantalones aquello que no me dejarían mentar en la novela muchos editores, no sin antes sacudir las últimas gotas. Me miro al espejo y siento que soy yo de nuevo, y me sorprendo y vuelvo a mirarme, fijándome en cada arruga de la cara, en cada cana, en cada signo de la edad, y me río a carcajada, y me acuerdo del gato que vivía sus dos últimas vidas... ¿Y si hasta ahora he quemado yo también más de la mitad? ¿Y si esta fuera incluso la última? Qué no daría yo ahora por un contador de vidas...

De pronto un martillo me golpea la cabeza, tan fuerte que me deja aturdido durante un segundo, ¿es una embolia?, ¿quizá un derrame? No, es mi consciencia que se ha rebelado contra el orden establecido, es mi yo que está ansioso por salir, que ya ha entendido la situación, que sabe exactamente las vidas que me quedan, y me empuja a la calle. Ahora simplemente haz estas 5 cosas, vuelve a tu nuevo piso, acuéstate y mañana por la mañana continúa con tu vida, y sé profundamente feliz, así de claro...  Y así las hice: primero llamé a mi madre para decirle lo contento que estaba con el cambio, luego me fui a un parque en el que hubiera niños y estuve 10 minutos sentado con la mirada perdida, después busqué un lugar donde ver la puesta de sol y la disfruté, luego me tomé una copa de mi antaño adorado vermut, y después escribí estas líneas, justo hasta el final... Luego me acosté y no soñé con nada, que es lo que solemos hacer siempre aunque en las películas parezca lo contrario...

Simplemente, básicamente, mañana será otro día, para mí y para todos vosotros, porque mañana todos nacemos de nuevo y tenemos derecho a disfrutarlo, tenemos derecho a vivir, porque mañana es el primer día del resto de nuestras vidas.